La campaña de descrédito
Una sola vez en su vida contó san Pablo que tuvo una experiencia
mística sobrenatural, en que fue “arrebatado al cielo”.
Le ocurrió durante su vida apostólica, y los detalles
están en la segunda carta que escribió a los corintios
(2 Cor 12,2-4). Sin embargo, Pablo no parece contarla gustosamente
sino más bien obligado por ciertas circunstancias.
¿Por qué razón? ¿Qué llevó
a san Pablo a silenciar aquel misterioso éxtasis, que lo
llevó hasta el tercer cielo y le hizo ver cosas insólitas,
pero que nunca quiso contar a nadie?
Para entenderlo, debemos tener en cuenta los sucesos que llevaron
a Pablo a escribir esa carta.
Era el otoño del año 54. El apóstol se hallaba
en la ciudad de Éfeso (actual Turquía), predicando
y tratando de afianzar la comunidad cristiana recientemente fundada
en la ciudad. Mientras evangelizaba, le llegaron noticias de los
graves desórdenes que estaban ocurriendo en Corinto. ¿Qué
había pasado? Después de que Pablo se había
marchado de allí para dirigirse a Éfeso, habían
llegado detrás de él unos misioneros cristianos que,
aprovechando la ausencia de Pablo, se instalaron en la ciudad y
se pusieron a enseñar.
Básicamente, la prédica de estos misioneros era la
misma que la de Pablo. No criticaban su doctrina, ni sus ideas,
ni su enfoque religioso. Directamente lo criticaban a él.
Cuestionaban su derecho a ser apóstol y su autoridad para
predicar.
Dos formas de predicar
¿Qué defecto le veían estos misioneros a Pablo?
Según lo que deducimos de su carta, aquellos misioneros itinerantes
pertenecían a la categoría de los “iluminados”,
es decir, basaban la autoridad de su apostolado en experiencias
místicas y extáticas. Mientras Pablo predicaba a Cristo
crucificado (1 Cor 2,2), los misioneros decían que Cristo
ya no estaba crucificado; estaba en el cielo, en su gloria; por
lo tanto, había que dejar de mirar al pasado y escuchar al
Cristo del presente, vivo, que hablaba desde el cielo. Mientras
Pablo basaba su mensaje en el Evangelio, los misioneros tomaban
su mensaje de revelaciones privadas que decían recibir mediante
éxtasis e inspiraciones.
Se trataba, pues, de dos modelos distintos de apostolado y de predicación.
Uno, el de Pablo, basado en la teología de la cruz, es decir,
en la muerte y resurrección de Jesús como ejemplo
a seguir para salvar el mundo. El otro, el de los nuevos evangelizadores,
basado en señales divinas obtenidas a través de experiencias
y visiones celestiales. Éstos se sentían, así,
superiores a Pablo, que sólo predicaba mensajes terrenos.
Por eso se creían “superapóstoles”, como
burlonamente los llama Pablo en su carta (2 Cor 11,5; 12,11).
Los misioneros intrusos acusaban, pues, a Pablo de no guiar a la
comunidad hacia el Cristo glorioso, sino hacia el Cristo sufriente.
Y decían: ¿acaso no ha triunfado ya Cristo sobre la
cruz? ¿Para qué seguir recordando el pasado? Ésa
era una actitud retrógrada. Cristo ahora está glorificado,
y sólo mediante el contacto con su Espíritu se puede
llegar hasta él. Para los misioneros, la doctrina de Pablo
era imperfecta porque él no tenía experiencias místicas.
Por eso la evangelización que él había hecho
en Corinto necesitaba ser completada con el mensaje del Espíritu
que ellos traían (2 Cor 10,2).
Un secreto bien guardado
Los corintios, que eran de cultura griega, se sintieron atraídos
por esta nueva prédica basada en fenómenos sobrenaturales,
y les abrieron las puertas a los recién llegados (2 Cor 11,4).
Aceptaron gustosos su mensaje, y hasta despreciaron y ofendieron
a Pablo (2 Cor 2,5; 7,12).
Ante esta situación Pablo se sintió herido, y decidió
escribir una carta a la comunidad en duros términos, quizás
la carta más ruda que haya escrito jamás, y que hoy
se encuentra en 2 Cor 10-13. En ella, a los predicadores que discutían
su título de apóstol y su Evangelio los trata de enanos
ridículos que se creen gigantes (10,12-14), de mensajeros
de Satanás disfrazados (11,14-15), de locos (11,19), y de
ladrones presumidos que desprecian a los demás (11,20).
Pero lo más importante de la carta es que, en medio de esa
catarata de críticas y diatribas, Pablo ofrece sus reflexiones
sobre lo que es para él el ministerio apostólico.
Con un discurso excepcional, y mostrando sus grandes dotes retóricas,
expone en forma lúcida y magistral la teología de
la cruz. Si los superapóstoles presumen de sus experiencias
místicas, Pablo presume de sus debilidades y de su sufrimiento
por amor a las Iglesias. Por eso, en una lista conmovedora, enumera
todos los padecimientos que le han tocado vivir por predicar el
Evangelio; ahí es donde él demuestra que es realmente
apóstol (11,21-33).
Al final, para que los misioneros vean que a él no le falta
nada de lo que ellos se jactan, narra también una experiencia
mística que tuvo, y que nunca antes había querido
contar.
Nunca supo cómo fue
Analicemos ahora lo que Pablo cuenta de esa experiencia. Comienza
diciendo: “Sé de un hombre en Cristo, que hace catorce
años - si dentro del cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé,
Dios lo sabe - fue arrebatado hasta el tercer cielo” (12,2).
Con un lenguaje misterioso, empieza el relato de su viaje al cielo.
Dice que ocurrió “hace catorce años”,
es decir, alrededor del año 40; por lo tanto, cuando se encontraba
trabajando en la ciudad de Antioquia (Siria), su primer destino
como evangelizador.
Si bien Pablo parece hablar de otra persona (“sé de
un hombre”), en 12,7 aclara que se refiere a él. ¿Por
qué entonces cuenta su vivencia en tercera persona? Es una
manera de tomar distancia entre lo que él es como predicador,
y las visiones que recibió ese día, y que no lo marcaron
para nada. Quiere mostrar que su ministerio no está fundado
en esa clase de experiencias, que para los misioneros eran tan importantes.
Es como si quisiera decir que quien vivió ese fenómeno
ultraterreno no es Pablo el apóstol, sino Pablo el extático,
de quien él sabe diferenciarse.
Luego afirma que no sabe si su viaje fue “dentro del cuerpo
o fuera del cuerpo”. Según la literatura antigua, los
viajes al cielo podían ser de dos modos: de una manera corporal
(en la que toda la persona era transportada al cielo) o, mejor aún,
de una manera espiritual (en la que sólo el alma ascendía
al otro mundo). Mientras los adversarios de Pablo contaban con detalle
sus experiencias extáticas, probablemente fuera del cuerpo,
Pablo dice que él ni siquiera sabe cómo fue la suya,
mostrando un total desinterés por los detalles de este tipo
de revelaciones.
Con entrada al Paraíso
A continuación dice que su viaje espiritual llegó
“hasta el tercer cielo”. En la creencia popular judía
existían tres cielos, uno encima de otro. El primero era
el de las nubes, la lluvia y los fenómenos atmosféricos.
El segundo era el del sol, la luna y las estrellas. Y el tercero,
el cielo superior y supremo, donde estaba el trono de Dios, con
todos sus ángeles. Pablo confiesa haber llegado hasta ese
cielo.
Pero añade algo más: “Y sé que ese hombre
- si dentro del cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios
lo sabe - fue arrebatado al Paraíso” (12,3-4a). Es
algo asombroso lo que afirma aquí. En esa época se
creía que, después del pecado de Adán y Eva,
el Paraíso Terrenal había sido llevado de este mundo
hasta el tercer cielo, junto al mismo Dios, donde se convirtió
en la futura morada eterna de los santos y justos que morían
(Lc 23,43). Pues bien, el viaje sideral de Pablo lo llevó
hasta el lugar más sagrado del cielo, donde habita el mismo
Dios, en compañía de todos los justos de la historia.
¡Qué de cosas habría visto Pablo allí!
¡Cuántos conocimientos habría adquirido, contemplando
ese ambiente divino extraordinario!
En este punto, los lectores de la carta habrán contenido
el aliento ante lo que estaba por contar Pablo.
Escapar de una falsa grandeza
Sin embargo, para desilusión de todos, Pablo dice a continuación
que allí sólo “oyó palabras inefables,
que el hombre no puede pronunciar” (12,4b). O sea, Pablo no
vio nada. No contempló ninguna geografía celestial,
ni seres angélicos, ni el radiante trono de Dios, ni los
destellos de su gloria divina. Sólo escuchó cosas,
que para colmo era incapaz de explicar. Qué diferencia con
sus adversarios. Mientras éstos alardeaban con los detalles
de sus visiones, Pablo no da a ellas ninguna importancia. Contar
aquí algún mensaje sobrenatural habría aumentado
enormemente su fama y su grandeza de apóstol y predicador.
Pero Pablo no refiere ni una sola palabra. Con su modesto silencio
se perdió la gran oportunidad de aplastar a sus oponentes,
y de ganarse la admiración eterna de los corintios.
Aquí Pablo da por terminado el relato de sus revelaciones
privadas. No dice ni cómo bajó del cielo, ni cómo
despertó, ni sus sensaciones después del viaje.
El éxtasis y la agonía
Para los adversarios de Pablo, las visiones eran su mayor motivo
de alabanza, y se enorgullecían de recibirlas. Pero el apóstol
escribe a continuación: “De ese hombre me alabaré.
Pero de mí, sólo me alabaré en mis debilidades.
Si quisiera alabarme no haría mal, porque diría la
verdad; pero no quiero hacerlo, para que nadie piense que soy más
de lo que aparento o de lo que digo” (12,5-6).
Pablo demuestra una humildad increíble, y una lucidez extraordinaria.
Ha podido participar de la exaltación suprema de un vidente
como ningún otro hombre, y sin embargo para él no
significa nada. Ha sido favorecido con una gracia asombrosa, pero
no la considera motivo de gloria. Y la razón que da es porque
no quiere que nadie se forme de él una idea superior sólo
porque tuvo visiones, cuando la verdadera superioridad del cristiano
está en el amor al prójimo y en el servicio a los
demás, no en recibir revelaciones (12,12).
Pero la parte más importante de su relato, y a la que Pablo
le interesaba llegar, es la que sigue inmediatamente. Constituye
el centro de todo, y la clave para comprender la visión que
ha contado de su viaje celestial. Dice: “Y para que no me
vuelva orgulloso por la abundancia de las revelaciones, he recibido
un aguijón en mi carne, un ángel de Satanás
que me abofetea, para que no me engrandezca demasiado” (12,7).
Vemos que, para Pablo, más importante que su arrebato místico
es esta otra revelación que recibió. Sostiene que
un ángel de Satanás lo hiere constantemente con un
aguijón, para que no se vuelva orgulloso y presumido. ¿Qué
es este aguijón? Se trata posiblemente de una enfermedad
que Pablo padeciera durante su actividad misionera, que limitaba
sus fuerzas, y por ello le impedía ser vanidoso.
La triple oración
Con sencillez confiesa: “Tres veces pedí al Señor
que me lo quitara”. Se ve que Pablo debió de haber
sufrido mucho con su enfermedad, porque afirma que tres veces (un
número simbólico que significa muchas veces) suplicó
a Jesús para que lo librara de ese terrible sufrimiento.
Pero dos veces no obtuvo contestación. Sólo a la tercera
recibió respuesta. Y fue la gran revelación que cambiará
su vida: “Él (Jesús) me respondió: «Te
basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad».
Por eso, con mucho gusto seguiré alabándome sobre
todo en mis debilidades, para que habite en mí el poder de
Cristo” (12,8-9).
Éste fue el gran descubrimiento de Pablo, que no lo logró
mediante una revelación en éxtasis, o en visiones
místicas, sino en una revelación encontrada en el
sufrimiento de su vida diaria, iluminada por el mensaje de la cruz
que él predicaba. Allí comprendió el sentido
de su enfermedad: ésta era un medio para que mostrara la
fortaleza y el poder de Dios, como había sucedido con el
mismo Jesús, que en la debilidad del Calvario había
mostrado el poder divino.
Es decir, para Pablo es una tontería alabarse o creerse superior
por recibir revelaciones. Dios no se manifiesta así. Se manifiesta
en el Evangelio de la cruz, que nos ayuda a dar amor en medio de
nuestro dolor. El verdadero apóstol no es el que recibe revelaciones
sino el que demuestra más amor a las comunidades, mediante
su entrega y su servicio.
La tontería de jactarse
Termina Pablo su breve confesión de revelaciones con una
frase estremecedora: “Por eso me alegro en las debilidades,
en los insultos, en las necesidades, en las persecuciones, y en
las angustias sufridas por Cristo; porque cuando soy débil,
entonces soy fuerte” (12,10).
Estas palabras constituyen, sin duda, una humillante bofetada a
la pretensión de los misioneros intrusos de Corinto. Ellos
basaban su prédica en mensajes que recibían con videncias
y fenómenos místicos, exacerbando la curiosidad de
los creyentes cristianos que los escuchaban. Así aseguraban
que sus enseñanzas procedían directamente del Cristo
que está en la gloria. Pablo, en cambio, dice que es el Cristo
de la cruz el que revela la verdadera fuerza del hombre, el verdadero
poder, porque sólo Él con su testimonio es capaz de
volver fuerte cualquier angustia humana.
Pablo contrapone el éxtasis que contagia y lleva a desentenderse
del mundo, con el mensaje evangélico que lleva a la fe (Flp
1,27), que transforma el mundo (Rm 8,22), que transmite vida (1
Cor 4,15) y conduce a la salvación (1 Cor 15,1). Por eso
cuenta el “fracaso de su viaje al cielo”. Porque para
el apóstol no hay ninguna otra revelación con contenido
propio, fuera del Evangelio.
Volver al Evangelio
¿Fue ésta la única revelación privada
que tuvo Pablo? Ciertamente que no. Debió de tener muchas,
porque a los corintios les habla de sus “visiones y revelaciones”
en plural (2 Cor 12,1), y también de “la abundancia
de las revelaciones” que recibió (12,7). Igualmente
los Hechos de los Apóstoles, si bien no son una crónica
histórica de su vida, se hacen eco de esta faceta suya, al
contarnos seis experiencias sobrenaturales de Pablo (Hch 9,3-9;
16,9; 18,9-10; 22,17-21; 23,11; 27,23-24). Sin embargo, él
siempre las mantuvo en secreto, guardadas en la intimidad con Dios
(1 Cor 14,13-19). Sabía lo peligroso que era basar una predicación
en experiencias sobrenaturales o en visiones místicas: en
definitiva, era predicarse a uno mismo.
Por eso sólo una sola vez, sabiendo que era algo “inútil”
para su predicación (12,1), y sólo porque se vio obligado,
divulgó Pablo sus vivencias interiores a un grupo de creyentes.
De no haber sido por las circunstancias quizás nunca las
habría contado, porque se trataba de revelaciones personales,
sobre las que no está fundada la Iglesia, ni puede ésta
edificarse. La predicación paulina tenía como único
fundamento el Evangelio de la cruz y el camino del amor.
Hoy hay muchas manifestaciones religiosas basadas en revelaciones
y visiones privadas: devociones, novenas, celebraciones, libros,
folletos y hasta películas se inspiran en experiencias personales
de videntes y místicos, a veces alejadas y hasta contrarias
al Evangelio de Jesucristo. Muchos de estos videntes ni siquiera
tuvieron la delicadeza de Pablo, de esperar catorce años
antes de salir a divulgarlas, urgidos como estaban por ventilar
sus proezas de iluminados.
Si bien la devoción de algunas de estas manifestaciones místicas
fue aprobada por la Iglesia (como en el caso del Sagrado Corazón,
Lourdes o Fátima), muchas otras son abiertamente contrarias
al Evangelio. Ojalá aprendamos a tomar distancia de éstas,
y volvamos a centrar nuestra fe sólo en Jesucristo, como
nos enseñó firmemente Pablo, purificando así
las prácticas que nos alejan de Él. Porque como el
mismo apóstol afirma: “Si yo mismo, o un ángel
del cielo, les anuncia un Evangelio distinto al que hemos predicado
nosotros, ¡caiga sobre él una maldición!”
(Gal 1,8).
*
Sacerdote, Doctor en Teología Bíblica, Profesor de
Teología en la Universidad Católica de Santiago del
Estero (Argentina)