Comienzan con
Sansón
A lo largo de la Biblia encontramos muchos nazires famosos. El más
antiguo que conocemos fue Sansón (Jc 13,4-5; 16,17). Ya cuando
su madre estaba embarazada de él, ella dejó de beber
vino y bebidas alcohólicas para que su hijo quedara consagrado
desde el vientre materno.
También Samuel parece haber sido un nazir. Antes de nacer
su madre lo consagró a Dios, y después de nacer nunca
se cortó la cabellera (1 Sm 1,11) ni bebió vino (1
Sm 1,11, según la versión griega).
Un tercer nazir que encontramos en la Biblia es un tal Yonadab,
hijo de Rekab (2 Re 10,15-17). Era un fanático religioso,
que llevaba una vida especial de consagración a Dios y se
abstenía del vino. Su celo y su ejemplo de vida fueron tan
grandes que sus seguidores fundaron una secta religiosa judía,
llamada los rekabitas. Siglos más tarde, en tiempos del profeta
Jeremías, seguían existiendo y absteniéndose
de beber vino (Jer 35,6-7).
El profeta Amós (Am 2,11-12) cuenta que en su época
también existían nazires, pero que perdieron su consagración
porque las tentaciones del mundo y las malas compañías
los habían llevado a beber alcohol.
En tiempo de los macabeos (siglo II a.c.) volvemos a encontrar un
grupo de nazires muy preocupados: habían cumplido el período
de su consagración, y debían ir al Templo de Jerusalén
para dar por finalizada su promesa, pero como éste había
sido profanado, no sabían qué hacer ni a dónde
ir (1 Mac 3,49-51).
Pablo en la peluquería
En tiempos de Jesús el nazireato seguía vigente. Juan
el Bautista, por ejemplo, estuvo consagrado a Dios desde el vientre
materno, nunca bebió vino ni licor (Lc 1,15; 7,33), y vivió
en el desierto alejado de toda impureza (Lc 1,80; 7,24).
También San Pablo parece haber hecho un voto de nazir, al
final de su segundo viaje, cuando estuvo en el puerto griego de
Cencreas, cerca de Corinto (Hch 18,18). Allí Pablo se cortó
el pelo antes de consagrarse, quizás para evitar tenerlo
después demasiado largo. Y meses más tarde, al final
de su tercer viaje, cuando llegó a Jerusalén, se presentó
en el Templo para pagar su ofrenda y dar por concluida su consagración.
Ese día aprovechó y pagó también las
ofrendas de otros cuatro nazires, menos pudientes que él.
Vemos, pues, que el nazireato era una institución conocida
y valorada en el Antiguo Testamento y también en la época
de Jesús.
Con una frase solemne
Es posible, pues, pensar que cuando el evangelista Marcos cuenta
que Jesús durante la última cena hizo la promesa de
abstenerse de vino, aludía a que esa noche Jesús quiso
consagrarse como nazir.
De hecho, la fórmula que emplea Jesús es una afirmación
enfática (“Yo les aseguro”), seguida de una frase
en primera persona (“que yo ya no beberé”). Se
trata de una construcción gramatical única en todo
el Evangelio de Marcos, y rarísima en los otros Evangelios
(sólo Mateo la usa un par de veces). Tal construcción
parece, pues, tener un sentido muy especial, como si expresara un
compromiso solemne hecho por Jesús en ese momento. Además,
las palabras que Jesús emplea (“ya no beberé
del producto de la vid”) son casi idénticas, en griego,
a las que emplea el libro de los Números para referirse a
la consagración del nazir (6,3-4).
Para Marcos, pues, Jesús habría resuelto dedicar las
últimas horas que le quedaban de vida a consagrarse como
nazir. Y como las otras dos condiciones de su voto (es decir, no
cortarse el cabello y no acercarse a un cadáver) podía
cumplirlas fácilmente durante el tiempo que iba a estar crucificado,
sólo le faltaba avisar que se privaba del vino. Cosa que
dejó en claro cuando pronunció su frase: “Les
aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el
día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios”.
Por eso Marcos cuenta que, cuando más tarde Jesús
fue llevado a crucificar y le ofrecieron vino para reducir sus dolores,
él lo rechazó. Por su condición de nazir, no
podía tomarlo.
La importancia de no beber
Queda por responder una pregunta: ¿por qué San Marcos
quiso contar que Jesús había hecho esa consagración
horas antes de su muerte?
Sabemos que, de los cuatro evangelios, el de Marcos es el que presenta
a Jesús de una manera más humana. Mientras los otros
evangelistas destacan más la divinidad de Jesús, lo
elevan, y lo describen con más rasgos gloriosos, Marcos lo
presenta siempre con características humanas. A los lectores
de Marcos les resultaba, pues, difícil enterarse de que Jesús
era alguien especial. Aparece como un hombre que come y bebe (2,16),
que se enoja (3,5), se duerme (4,38), se asombra (6,6), solloza
(8,12), se indigna (10,14), tiene hambre (11,12), ignora ciertas
cosas (13,32). O sea, Jesús aparece como un hombre ordinario,
que hace cosas extraordinarias.
Por eso, al final de su vida, Marcos quiso incluir el detalle de
que Jesús murió privándose del vino, para decirnos
que ese hombre sufriente que colgaba de un madero no era un mortal
cualquiera, torturado por la saña de sus enemigos. Quien
así moría era un consagrado de Dios, un ser especial,
un hombre santo, un predilecto del Señor. Ese Jesús
que a lo largo del Evangelio de Marcos había aparecido tan
humano y cercano a los hombres, ahora, en el momento culminante
de su existencia, se mostraba como realmente era: alguien dedicado
a Dios de una manera especial.
Pero mientras los otros nazires, que se entregaban a Dios mediante
un voto, concluían su consagración con el sacrificio
de algún animalito, Jesús concluyó su consagración
con el sacrificio más grande que se pudo ofrecer: el sacrificio
de su propia vida en la cruz. Fue el nazir más grandioso
de todos.
Más que un detalle histórico, el relato de Jesús
rechazando el vino es una idea teológica. Es decir, se trata
de un concepto religioso, expresado a través de una escena
historizada. Pero ¿por qué Marcos quiso contar esta
idea a sus lectores, que no eran de origen judío sino pagano,
y que no entendían demasiadas cosas sobre el nazireato? Quizás
porque la encontró en la tradición anterior a él,
y por eso la conservó.
Jesús no rechazó el vino antes de morir para dejarnos
la prohibición de beber, como dicen algunos; él amaba
la alegría y la fiesta. Tampoco lo rechazó para poder
sufrir más en la cruz; él no era masoquista, ni devoto
de los dolores gratuitos. El detalle de la negativa a beber el vino,
contado por Marcos, quería expresar que en el momento de
su pasión, Jesús se entregó a Dios, se consagró
totalmente a Él, se puso absolutamente en sus manos, y que
Dios lo aceptó, lo acompañó, y estuvo con él
todo el tiempo que duró su agonía.
En las horas dolorosas de toda vida humana, los hombres solemos
enojarnos con Dios, porque lo imaginamos lejos, o cuanto menos indiferente
a nuestro dolor. Es difícil creer en Dios cuando uno está
subido a una cruz y siente su carne desgarrada. Pero sí,
a ejemplo de Jesús, en esos momentos aprendemos a hacer un
acto de consagración a Dios, si nos abandonamos en sus manos,
si decidimos confiar en Él contra todas las apariencias,
entonces uno se vuelve un nazir, la vida de uno se eleva, adquiere
una grandeza insospechada, y ya nunca vuelve a ser como antes.
Cuando uno vive un dolor con la mente puesta en Dios, el dolor no
lo vuelve un desdichado, sino un consagrado. Es el mensaje de Aquél
que se abstuvo del vino antes de morir.
*
Sacerdote, Doctor en Teología Bíblica, Profesor de
Teología en la Universidad Católica de Santiago del
Estero (Argentina)