La prostitución
nunca fue un bien. E independientemente de la dignidad que es ínsita
a la Persona Humana, a la mujer y en todos los tiempos le causó
y le causa indignidad. Que se haya hablado del “oficio o profesión
más antigua” como si hubiese una vocación especial
de cortesana a la que son llamadas tal cual como si fuese la docencia,
la abogacía o la vida reli giosa, no modificó nunca
la situación de desdoro y marginalidad de la actividad y
de disvalor de sus protagonistas.
Situación desde la cual araña
hoy las paredes de su propio encierro y busca en lo social cam biar
la historia para salvarse, no cambiando ella sino la mirada de los
demás, es decir, invir tiendo el “yo y mi circunstancia”
orteguiano gasta esfuerzos para que las circunstancias y cómo
se ve su “actividad” sea la que cambien, en estos tiempos
de socialismo político de utile ría, de puro verso,
mediante la calificación legal de “ trabajadora sexual.”
Es la onda “progre”. En “Buenos
Aires, capital de Venezuela” (La Nación, 20.03.07)
la española Pilar Rahola que tuvo a las Madres de Plaza de
Mayo por referentes, echa esta frase: “ Sabemos que una parte
de la izquierda latinoamericana coquetea con el islamismo funda
mentalista: los une el mismo odio a los valores de Occidente, y
el mismo desprecio por la libertad.” Izquierdas y derechas
extremas terminan uniéndose en su desprecio por la libertad
para disentir.
Y se declara perpleja. El mismo pasmo
sofoca cuando en nombres de los derechos humano se gestiona el estatus
legal de lo que, más a la corta que a la larga y esa es la
experiencia milena ria, despoja de cualquier derecho a la mujer,
la convierte en mercadería, botín de tráfico
mafio so y víctima de una esclavitud que apresura su decadencia
final a manos de la enfermedad y del maltrato al que es sometida
en cuerpo y alma.
El tema se esclarece cuando se separa
a la persona-mujer y su libre albedrío disponiendo de sí
misma en la privacidad de su vida, del hecho social y público:
la prostitución, en la que ella es actora y, a la vez, es
también objeto comercial o en alquiler. Que es el dato inmodificable.
No es su saber u oficio el contratado sino su cuerpo. El dolor extraño
brota en silencio de esa dife rencia. Asistido por la simpatía
hecha pena o la tristeza mezclada con la ternura.
En una palabra ella es sujeto y objeto
de tráfico comercial por su cuenta, (aún cuando la
necesidad de un hombre que la proteja del abuso de quienes la alquilan
la conduzca al rufián) o al mando servil de otro u otros.
La denominación de ese tráfico como “trata de
blancas” homologó, con indudable acierto, la condición
de esclavitud de la prostituta con la de los afri canos robados
y sometidos a la “trata de negros”. Quizás hoy
las “divas” ejemplares para los medios, que exhiben
un sancocho de promiscuidad y prostitución lleve a la confusión
de creer que la “trata de personas” es distinta de la
trata de blancas o de negros.
Paris-Buenos Aires-Argel, fue el triángulo
siniestro de la “trata de blancas” hasta los años
30. En “Buenos Aires, vida cotidiana y alineación”,
allá por los 60, Juan José Sebreli describe la “mala
vida” de Junin y Lavalle, Suipacha y Defensa, y su deriva
ya en el siglo XX hacia el puerto prostibulario de Barracas, la
Boca con sus “chistaderos” , Pompeya “y más
allá del terraplén”. En Rosario, el barrio Pichincha
centralizaban los quilombos de 1 peso a 5 pesos. La carne humana
eran jóvenes secuestradas o traídas con engaños
o arrastradas por la miseria de la primera guerra
En la ciudad de Santiago y de la Chacabuco
al norte entre andurriales y baldíos, se estiraba perezosa
la aldea cobijando, aquí y allá, a las “casas
de tolerancia”. En todo el país la policía era
sostén y guardián de la actividad. Mujer que huía
era perseguida y cazada por la policía y devuelta a su dueño.
Una gran paliza para escarmiento y a la bolsa, de nuevo. Como en
los algodonales y plantaciones de azúcar del sur norteamericano.
Los rufianes franceses trabajaban solos
y no tenían organización y las prostitutas que explota
ban eran las de más categoría; los polacos organizados
en sindicatos bajo la máscara de socie dades de socorros
mutuos de la colectividad judía: la Zwi Migdal con falsos
rabinos y falsas sinagogas para engatusar a las jóvenes europeas
con el casamiento prometido tenía 500 so cios, 2.000 prostíbulos
y 30.000 mujeres en explotación. Los rufianes criollos “cafischos
de café con leche” en la burla de los franceses, eran
de poca monta. (Sebreli)
La política era parte de todo
esto. El Gallego Julio y Ruggerito figuraron entre los rufianes
criollos que asociaban la trata de blancas con el juego clandestino.
Punteros de caudillos eran serviciales: almacenaban libretas de
enrolamiento para las votaciones y, con la policía, triangu
laban el soporte imprescindible para que la prostitución
pueda funcionar, negocio que hoy mueve 32 mil millones de dólares
por año en el mundo y en el que se incluye a la prostitución
infantil. Es bueno decirlo para que los ingenuos sepan a donde se
meten.
Una mujer es secuestrada por día
en este país (diario Clarín, marzo 2007) y un grupo
de legis ladores santiagueños no se ha pronunciado por esta
tragedia, por el contrario, estudia la legali zación del
“ trabajo sexual”, repitiendo el gesto de sus pares
de la legislatura porteña en la mis ma dirección.
¿ Es una coincidencia fortuita o hay un “loby empresarial”
(ya no serían rufia nes sino emprendedores y las mafias pymes)
detrás de estas movidas con cara de inocencia?
El Dr. Santiago Corbalán informó
la ley santiagueña que aquí abolió la prostitución
legal y esa noche, su chofer don Bernardo Korman lo llevó
a todo motor hasta “el chalet de Corba lán” de
El Vinalar y por detrás sus amigos para protegerlo: erraron
matarlo en pleno recinto. Lo dijeron en la vieja redacción
de El Liberal en rueda evocativa. Hasta ahí llegaba a menudo,
blanca la cabeza, charcón y con su sulky sobre ruedas de
goma con cámara buscando jubilar se. Corrían los años
50.
Médico de gran prestigio y político
de azarosas cruzadas. Pobre y solo. Más bien callado. De
sonrisa y simpatía a flor de piel. El Dr. Chicho, un prócer
lugareño por sus servicios y estatura moral. Radical de cien
batallas, el peronismo naciente, el 31 de diciembre, lo montó
candidato a gobernador y en el mismo acto, lo frustró definitivamente.
Ha ocurrido muchas veces.
El negocio de la carne humana tiene una
contra insalvable: la mercadería es perecedera. Po cos, a
veces poquísimos años, y los cuerpos que ensanchan
sus injurias, los encantos ajados bajo los afeites, el cansancio
moral, las noches de insomnio, el rigor cruel del patrón
rufián o la mutual que enmascara la vileza (hoy vendrían
al pelo), la bestialidad bufando acosos ¡ ah el tango ! con
la queja tardía, siempre lo es en ese mundo sórdido
y triste: “
La cocaína se introdujo en los
antros porteños en esos años 20. “ No se conocía
cocó ni morfi na / los muchachos de antes / no usaban gomina”,
lamenta el tango. Andan juntos: el juego, la droga, el alcohol y
la prostitución. Los tres primeros se han instalado de Usuhaia
a La Quiaca. Le corresponde a la trata de personas, dice el eufemismo
en boga, el turno de ingresar al escenario para regresarnos cien
años, un siglo atrás. ¿ Nos llegó la
moda retro ? Podría barajarse que las factorías y
colonias son propicias o bien, que las inmigraciones, como ocurrió
entre 1890 y 1930 auspician las cuatro plagas en cuestión.
La dirigencia que es contumaz con los negocios y mira para otra
parte, recién se asusta con el agua al cuello.
Marzo 19, 2007.