Resulta extraño imaginar a un
profeta negro caminando por las calles de Jerusalén, predicando
mensajes de parte de Dios, pidiendo a los israelitas que se conviertan
a Yahvé, y amenazando con duros castigos en caso contrario.
Pero fue así.
Se llamaba Sofonías, y es uno
de los profetas fundamentales de la historia de Israel, ya que fue
el gran promotor de la reforma religiosa más grande jamás
llevada a cabo por el pueblo judío. Reforma que estableció
las bases de la unidad nacional, que configuró toda la religión
judía posterior, y que influyó hasta en la creación
y formación de la Biblia. ¡Ningún otro profeta
pudo conseguir tanto!
Sus anuncios y predicciones nos han llegado
gracias a un librito (más bien un folleto) de apenas 53 versículos,
que lleva su nombre, y que se encuentra en el Antiguo Testamento.
Sofonías había nacido en
Jerusalén, capital del país, alrededor del año
660 a.C. La Biblia lo presenta como “hijo de Cushí,
hijo de Guedalías, hijo de Amarías, hijo de Ezequías”
(Sof 1,1).
Semejante cantidad de antepasados es
un detalle sorprendente. De otros profetas ni siquiera sabemos el
nombre del padre; en cambio de Sofonías conocemos hasta el
tatarabuelo. Esto lo convierte en el profeta con genealogía
más extensa de toda la Biblia.
¿Por qué el libro hace tanto alarde de su parentela?
Porque su familia guardaba un extraño secreto.
El hijo del Negro
En efecto, el padre de Sofonías
se llamaba Cushí, es decir, era oriundo de Cush. Y en la
Biblia, Cush es el nombre de Etiopía, país del África,
situado al sureste de Egipto. Como sus habitantes eran de raza negra,
se usaba la palabra “cush” (que en hebreo significa
negro, oscuro) para referirse al país; y “cushita”
para sus habitantes. Incluso el nombre actual de Cush, que es Etiopía,
significa “cara quemada” (del griego aitho = quemar
y ops = cara).
La abuela paterna de Sofonías
(es decir, la esposa de Guedalías) parece haber sido africana.
De ahí que su padre, el “cushita”, también
lo fuera. Pero no era algo insólito. Desde tiempos antiguos,
grupos de cushitas (o etíopes) se habían instalado
entre los judíos, y convivían con ellos. Incluso la
esposa de Moisés parece haber sido cushita (Nm 12,1). También
el rey David tenía soldados cushitas en su ejército
(2 Sm 18,21). Y la Biblia menciona por los menos dos cushitas más,
contemporáneos de Sofonías (Jer 36,14; 38,7).
El color tan oscuro de su piel llamaba
la atención a los israelitas. Esto se ve en un famoso discurso,
pronunciado por Jeremías contra los pecadores de Jerusalén,
donde les dice: “¿Puede un cushita cambiar su piel?
¿Puede un leopardo quitarse las manchas? Pues tampoco ustedes,
acostumbrados a obrar mal, pueden hacer el bien” (Jer 13,23).
Sin embargo, es admirable el respeto
con el que la Biblia habla de ellos. Los presenta como miembros
de una nación grande y rica (Job 28,19), comercialmente desarrollada
(Is 45,14), orgullosos de su nacionalidad (Sal 87,4), buenos guerreros
(Ez 38,5), bravos jinetes (Jer 46,9), amados por Dios (Sal 68,32)
y respetados por Él (Ez 29,10).
Intriga en los apellidos
Pero a la hora de presentarse, Sofonías
se vio en problemas. Todo buen judío solía citar a
su padre como signo de pertenencia a una familia tradicional, distinguida.
Y Sofonías no podía aparecer simplemente como “el
hijo del Negro”. Su ascendencia extranjera podía despertar
sospechas, y él tenía que predicar a la nación
israelita; tenía que hablar en nombre Yahvé. Entonces,
para evitar suspicacias, decidió agregar a su árbol
genealógico tres abuelos más, todos con nombres judíos,
y portadores del nombre de Yahvé: Guedalías (= Yahvé
es grande), Amarías (= Yahvé me ha hablado) y Ezequías
(= Yahvé es fuerte).
De este modo, si el nombre de su padre
despertaba alguna suspicacia, sus otros abuelos disipaban toda duda
y lo mostraban vinculado a familias religiosas yahvistas. Además,
el cuarto nombre de la serie era Ezequías. Y éste
había sido uno de los reyes más grandes de Jerusalén.
Al leer, pues este currículo, los lectores se preguntaban:
¿era su tatarabuelo el gran rey Ezequías, o era sólo
alguien que se llamaba igual? El libro no lo aclara. Quizás
a propósito, para crear un halo de intriga y de grandeza
alrededor de su persona.
Pero de lo que no queda ninguna duda,
es de que Sofonías era un auténtico judío,
descendiente de fervientes devotos yahvistas, buen conocedor de
la religión judía, y espiritualmente capacitado para
predicar las profecías que Dios estaba a punto de revelar.
La época de tinieblas
Debió de haber sido alrededor
del año 640 a.C. cuando el joven Sofonías comenzó
su carrera profética. Tenía 20 años, y cosas
graves estaban sucediendo en su país. Acababa de morir el
rey de Jerusalén, Amón, asesinado por su propia guardia
real. En su lugar reinaba su hijo Josías, de apenas 8 años.
Como era menor de edad, gobernaba en realidad un Consejo, formado
por familiares, ministros y tutores.
Pero eso no era lo más grave.
Desde hacía más de cincuenta años el país
atravesaba por una época de postración, conocida como
“la época de las tinieblas”, debido a los dos
reyes anteriores.
El primero, Manasés, había
gobernado el país por 55 años. Durante ese tiempo
introdujo en Judá toda clase de religiones y cultos paganos:
construyó altares a los dioses cananeos, practicó
la invocación a los muertos, la adivinación, el espiritismo
y la hechicería, implantó la prostitución sagrada,
y llegó a quemar a su propio hijo en honor del dios amonita
Milkom (2 Re 21,3-8). Hasta en el Templo de Jerusalén se
adoraban estas divinidades, mientras nadie se acordaba de Yahvé.
A la corrupción religiosa le siguió
la injusticia social: ricos que se apropiaban de las tierras de
los pobres, comerciantes fraudulentos, jueces sobornados, dirigentes
inmorales. Fue tal la corrupción, que la Biblia presenta
a Manasés como el peor de todos los reyes de Jerusalén
(2 Re 21,11). Algunos profetas levantaron su voz para denunciar
sus abusos, pero el rey hizo matar a todos, “inundando Jerusalén
de punta a punta con ríos de sangre inocente” (2 Re
21,16).
Lo sucedió su hijo Amón, tan malvado como su padre.
Sólo alcanzó a reinar dos años, antes de que
los oficiales de la corte lo mataran.
Los siete mensajes
Cuando subió al trono Josías,
estaba claro que el país necesitaba una profunda reforma,
en todos los aspectos: político, social, económico,
religioso. Y Dios llamó al joven Sofonías para que
se encargara de impulsarla. Sofonías debió de haber
sentido un escalofrío ante el pedido divino. Todos los que
habían hablado antes que él, habían sido asesinados.
Pero luego pensó que su nombre (Sofonías significa
“Dios me protege”) era una señal de que Dios
estaba a su lado y lo cuidaría, de modo que aceptó
la invitación divina.
Su palabra rompió 60 años
de silencio profético. Desde la muerte de Isaías,
más de medio siglo antes, ningún otro profeta había
vuelto a hablar en Jerusalén. Sofonías, entonces,
empezó a recorrer las calles de la ciudad, gritando a viva
voz los mensajes que recibía de Dios.
El primero, consistió en un anuncio general: Dios está
molesto con el pueblo, y piensa mandar un castigo tan grande que
va a morir no sólo la gente, sino también los peces,
las aves y los animales. Y explica la razón: el país
se halla contaminado con extrañas religiones, que invitan
a adorar a dioses cananeos (como Baal y Asherá), asirios
(como Shemesh e Ishtar), amonitas (como Milkom), mientras al verdadero
Dios, Yahvé, nadie lo busca. Algunos ni siquiera practican
una religión. ¿Cómo puede sobrevivir un país
así? (Sof 1,2-7).
Sus palabras cayeron como un rayo en
las calles de Jerusalén, y causaron honda impresión
entre sus habitantes. Hacía años que nadie les hablaba
así, tan crudamente. Pero Sofonías recién estaba
empezando.
Poco después, Dios le reveló
los nombres de los responsables de la debacle (Sof 1,8-16). Y tuvo
que ir a denunciarlos.
Primero se dirigió al palacio del rey, donde habló
contra las autoridades, los jefes y los funcionarios, que se vestían
con ropa importada, artículos de lujo y perfumes finos mientras
la población del país pasaba hambre (v.8). Después
fue al Templo y acusó a los sacerdotes de predicar una religión
ritualista en vez de ocuparse de la inmoralidad y el fraude de la
gente (v.9). Luego enfiló hacia el mercado, y reprochó
a los comerciantes, mercaderes y banqueros el haber puesto su confianza
en el dinero y en las ganancias (v.10-11). Por último se
dirigió a la plaza, y dedicó duras palabras a la gente
de vida cómoda y tranquila, que piensa que creer en Dios
es perder tiempo, porque éste “no hace ni bien ni mal;
lo único que mueve al mundo es la riqueza” (v.12-13).
Al día de castigo que se avecinaban, Sofonías lo llamó
“el día de Yahvé”. Dijo que sería
un día de angustia y de aflicción, de aprieto y de
amarguras, de destrucción y tinieblas, de gritos y oscuridad
(v.14-16). Un panorama verdaderamente aterrador.
Cuando la noticia llegó al palacio, donde el rey niño
Josías jugaba despreocupadamente, los funcionarios más
sensatos se atemorizaron. Comprendieron que Sofonías tenía
razón. Graves problemas internos y externos amenazaban el
país, mientras ellos vivían holgadamente. Hordas de
pueblos bárbaros, llamados los escitas, merodeaban por los
alrededores, y amenazaban entrar y saquear la ciudad. El pillaje
y la violencia se habían apoderado de los barrios. Grandes
zonas estaban fuera de control, y el descontento reinaba en todas
partes.
Como leones y lobos
Pensando que todavía estaban a tiempo de reaccionar, los
regentes empezaron a tomar medidas políticas más justas.
Y sobre todo, sabiendo que Dios estaba hablando por medio del nuevo
profeta, decidieron encauzar al pequeño rey en la nueva línea
religiosa del predicador negro.
Poco a poco, fueron intentando relegar los dioses extranjeros y
los cultos paganos, aunque sin demasiado éxito, ya que eran
muy fuertes en el país, y contaban con el apoyo de vastos
sectores de la población.
Los meses fueron pasando, y todo el país
se había anoticiado ya del nuevo profeta de Yahvé,
aparecido en Jerusalén. Se lo veía predicar por las
calles y los barrios altos de la ciudad, mientras la gente se arremolinaba
para oír sus fogosas prédicas. A veces, para hacer
reaccionar al auditorio empleaba palabras muy duras. A los ministros
del rey, por ejemplo, los llamaba “leones rugientes”;
a los jueces, “lobos rapaces”; a los demás profetas,
“fanfarrones y traidores”; a los sacerdotes, “corruptos
y violadores” (3,1-5). Pero nadie se atrevía a censurarlo,
porque sabían que tenía razón. Todos eran responsables
del desgaste social y el deterioro en el que estaba sumido el país.
Sofonías anunció también
castigos para las naciones vecinas de Israel: Filistea, Amon, Moab,
Asiria y... Cush. ¡Ay! Cuánto le habrá dolido
al profeta este último anuncio. Tener que proclamar la destrucción
de su madre patria, de donde procedían sus antepasados y
en donde tendría parientes, familia, amigos. Pero para Sofonías,
Dios no tenía privilegios a la hora de hacer justicia con
los malvados. También los cushitas tendrían que pagar
su perversión.
Los nuevos vientos del palacio
Las profecías de Sofonías
no fueron anunciadas todas juntas. Estuvo predicando por espacio
de diez años, entre el 640 y el 630 a.C.
Durante todo este tiempo enseñó
a la gente los atributos de la verdadera religiosidad. Les dijo
que ésta no consiste en practicar un culto exterior, sino
en acompañar la fe con la justicia social. Pero les advirtió
que el culto a los dioses extranjeros no los iba a ayudar. Porque
éstos no exigían a sus devotos un cambio interior.
En cambio Yahvé sí pedía a sus seguidores el
compromiso con los demás.
Los años fueron pasando. El niño rey creció,
se hizo adolescente y estuvo en condiciones de gobernar por su cuenta.
Entonces se le despertaron las ansias de un cambio, inspirado por
la nueva educación recibida gracias a las ideas religiosas
y a los valores sociales enseñados por Sofonías.
Y alrededor del año 628 a.C, cuando
el rey cumplió los 20 años, tomó por fin la
decisión de emprender la reforma religiosa que tanto hacía
falta. Derribó los templos de los dioses paganos, expulsó
a sus sacerdotes, quemó las imágenes de la diosa Asherá,
destruyó los lugares de adivinación, desterró
la magia, clausuró las casas de prostitución sagrada,
demolió el sitió donde se quemaban niños, y
encomendó al Sumo Sacerdote de Jerusalén que retirara
del Templo todos los objetos de culto de los divinidades extranjeras
(2 Re 22,4-7). El pueblo entero, transformado ya por el profeta,
apoyó la decisión del rey.
Las palabras de Sofonías habían comenzado a dar sus
frutos.
Un canto de despedida
Hacia el año 630 a.C., Sofonías
sintió que su misión estaba cumplida. Podía
sentirse orgulloso, porque su esfuerzo y sus fatigas no habían
sido en vano. Y una mañana lo vieron aparecer, en la plaza
de la ciudad, para pronunciar su última profecía.
Esta vez era un mensaje nuevo, de esperanza.
Dios le había revelado que no iba a destruir la ciudad, porque
ésta había sido capaz de convertirse de corazón.
El antiguo pueblo, orgulloso y perverso, había dado lugar
a otro humilde, santo, virtuoso. Todos ahora tenían la oportunidad
de volver a Dios y mejorar su vida (3,9-12). Invitó, pues,
a la gente a cantar de alegría y a lanzar gritos de fiesta.
Ya no había porqué asustarse. Dios había vuelto
a ser el salvador de la ciudad.
Fueron sus últimas profecías.
Poco después, en el año
622 a.C., mientras los sacerdotes reparaban el Templo de Jerusalén,
descubrieron por casualidad un importante libro escondido. Como
nadie sabía de qué se trataba, el rey ordenó
que se consultara a algún profeta de Jerusalén. Pero
no buscaron a Sofonías, sino que consultaron a una profetisa
de la ciudad, llamada Julda. ¿Qué pasó con
Sofonías? Probablemente para entonces había muerto.
Lección para las tinieblas
La reforma religiosa del rey Josías,
si bien no pudo completarse debido a su muerte prematura, fue enormemente
importante en la historia de Israel. Y en memoria de ella, Josías
es considerado el rey más grande y santo que jamás
haya subido al trono de Jerusalén.
Pero aquella reforma fue posible gracias a la predicación
de Sofonías, profeta a quien Dios envió en uno de
los momentos más dramáticos de la historia judía.
Combatió la idolatría cultual, las injusticias sociales,
el materialismo, la despreocupación religiosa, los abusos
de autoridad, la invasión de la moda extranjera, y la perversión
de los jueces.
Su prédica fue tan fantástica
que logró hacer reaccionar no sólo a la clase dirigente,
sino también a la gente capitalina, siempre reacia a cualquier
cambio. Esto lo convirtió en un genio religioso, y en uno
de los profetas que más ha influido en la marcha de la historia
de Israel.
Sin embargo, le ha tocado en suerte un curioso destino. Hoy nadie
lo conoce. Su nombre ha quedado relegado al olvido. El Nuevo Testamento
nunca lo cita. Los Santos Padres no lo estudiaron, y ni siquiera
lo mencionan. En las misas prácticamente no se lee. Y casi
nadie ha ojeado su libro en la Biblia.
Pero el hijo del Negro sigue invitándonos
a hacer lo que él hizo: creer que la sociedad puede cambiar;
creer que un mundo nuevo es posible; creer que, aunque llevemos
décadas “de tinieblas” en la sociedad, en la
política, o en la Iglesia, si uno se anima a hablar, a no
tener miedo, a contagiar entusiasmo y a vivir lo nuevo que recibe
de Dios, las reformas aparecerán. Aunque uno después
desaparezca.
* Sacerdote, Doctor
en Teología Bíblica, Profesor de Teología en
la Universidad Católica de Santiago del Estero (Argentina)