Martes, 1 de julio 2008
La severa e incomprensible censura que
el obispo Martínez Camino ha impuesto al libro de José
A. Pagola sobre Jesús, aparte de ser un abuso de autoridad
porque impone obligatoriamente cosas que no pertenecen a la fe de
la Iglesia y que, por tanto, son opinables entre católicos,
tiene un efecto devastador sobre la teología a la que Martínez
Camino tiene el deber de proteger. Me refiero al efecto del miedo
que se acentúa entre quienes, desde dentro del estamento
eclesiástico, se dedican a la dura y arriesgada tarea de
hablar y escribir sobre teología en los tiempos que corren
y dentro de la Iglesia en que vivimos.
En este momento y tal como están
las cosas en la Iglesia católica, un sacerdote, un religioso
o religiosa, sobre todo si son profesores de un seminario o de un
centro de estudios eclesiásticos, sea el que sea, difícilmente
pueden decir y, menos aún, escribir lo que realmente piensan,
si es que pretenden pensar y hablar con libertad y con creatividad,
por más que hagan eso dentro de los límites de lo
opinable dentro de la fe de la Iglesia.
El problema está en que el proyecto
del papado, desde que Juan Pablo II tomó el mando de la Iglesia,
no ha sido poner en práctica el concilio Vaticano II, sino
restaurar la Iglesia que había antes del concilio. El ideal
de la Curia vaticana es volver a la Iglesia de los tiempos de Pío
XII. Este ideal, que ya se advirtió con claridad en el pontificado
anterior, ha dado la cara abiertamente en el papado actual. No me
refiero sólo a la vuelta a la misa en latín o cosas
parecidas. Estoy hablando de cosas mucho más serias.
Me refiero, concretamente, al creciente
e insoportable control sobre obispos y teólogos. Y algo que
es aún más preocupante: el papa Ratzinger no ha aceptado,
ni da muestras de aceptar, el logro más importante de la
teología del siglo pasado: la condición “sobrenatural”
del ser humano, tal como Dios ha querido que exista desde el comienzo
de su existencia. En este punto estuvo la piedra dura en la que
Pío XII se partió los dientes y que, por eso, jamás
pudo aceptar los mejores logros de la teología contemporánea.
En eso está la piedra de escándalo sobre la que la
teología más conservadora se empeña en edificar
una Iglesia tan “sobrenatural” y tan “divina”,
que todo lo “humano” es para ella admisible en tanto
en cuan to se somete a las decisiones eclesiásticas y está
bien controlado por lo que quiere el papa y su curia.
De ahí nacen todos los líos
y enfrentamientos que la Jerarquía eclesiástica viene
teniendo con la sociedad, con lo civil, con lo laico…. Porque
todo eso es simplemente “humano” y, por tanto, no vale,
si no es elevado a la condición “sobrenatural”
por lo “divino” que, desde su solio sagrado, rige el
único hombre que en la tierra tiene poder para regir lo “divino”
y, desde ahí, discernir lo que está bien y lo que
está mal, separando drásticamente lo bueno de lo malo.
Mientras estemos así, el papa no dará jamás
su brazo a torcer. De forma que los concordatos y acuerdos con la
Santa Sede sólo serán, de hecho, mecanismos de control
para que Roma imponga, en definitiva, su voluntad.
Así las cosas, mal futuro tiene
la Iglesia. Y peor aún la teología. Precisamente en
los años aquéllos de Pío XII, uno de los teólogos
más lúcidos (y más amantes de la Iglesia),
Yves Congar, dejó escrito lo siguiente: “Ahora conozco
la historia. Llevo muchos años estudiándola; ha dejado
claro ante mis ojos numerosos acontecimientos contemporáneos,
al tiempo que la experiencia vivida particularmente en Roma me aclaraba
esta historia. Para mí, es una evidencia que Roma sólo
ha buscado siempre, y busca ahora, una sola cosa: la afirmación
de su autoridad. El resto le interesa únicamente como materia
para el ejercicio de esta autoridad. Con pocas excepciones, ligada
a hombres de santidad e iniciativa, toda la historia de Roma es
una reivindicación asumida de su autoridad, y la destrucción
de todo lo que no acepta otra cosa que no sea la sumisión”.
Esto, ni más ni menos, es lo que
el papa actual quiere restaurar a toda costa. La reciente decisión
de Martínez Camino contra el libro de Pagola no tiene otra
explicación. En definitiva, es un aviso para navegantes.
Y los navegantes, en este caso, son los teólogos que se atreven
a decir lo que piensan, por más que se trate de cosas que
son aceptadas por la gran mayoría de los cristianos.
Mala cara se le ha puesto al enfermo.
Da miedo mirarlo de cerca. Me refiero a la Iglesia enferma de fundamentalismo,
integrismo y, por supuesto, de intolerancia.